Triple A, Triple E y Triple I

Hace unos días, Presura publicó un tweet en el que comparaba una de las imágenes que más dio de hablar en el E3 de 2008, la de Kratos acercándose a la cama de la diosa Afrodita, con la más reciente de Ellie y un nuevo personaje (llamada Dina) besándose en una íntima escena de baile. El propósito del tweet, así como el de las imágenes, era evidente: señalar hasta qué punto habían cambiado las cosas y lo mucho que se había conseguido en cuestión de una década en el mundo de los videojuegos.

Ambas imágenes causaron polémica por diversas razones, pero el motivo central de esas polémicas, así como el tono de las quejas proferidas, no podía ser más diferente. Si la ya infame escena de Kratos en God of War 3 levantó ampollas en torno a la frustrante adolescencia que parece sentir el medio, la de Ellie y Dina ha suscitado celebración por una parte y mal velado resquemor ante lo que se siente como una claudicación a los intereses de grupos progresistas “radicales.” Obviando la hipérbole y la humillación pública a la que estos elementos de la subcultura se someten de un modo casi entusiasta, no puedo evitar cuestionarme hasta qué punto han cambiado las cosas realmente, no ya en estas décadas sino con respecto a las anteriores. Ciertamente, el tono y la disposición de algunas empresas a la hora de vender sus novedades al público y encandilar a críticos es diferente, pero aparte de eso, sigue siendo el mismo evento caracterizado por hombres sudorosos de mediana edad tratando de sonar jóvenes y vanguardistas en un entorno donde el shock y el pavor siguen siendo la estrategia de ventas principal.

Un motivo por el que estoy teniendo este tipo de dudas, y por el que seguimos hablando del E3 tras todos estos años, es porque el evento es uno al que la industria se sigue agarrando con obstinación fanática aún después de tantos cambios en el mundo a nuestro alrededor. Como una Troya acosada por terremotos que sigue levantándose una y otra vez, el E3 parece una amalgama informe de las actitudes, valores e ideologías de la industria , con promociones noventeras compartiendo espacio con spots promocionales cargados de angustia 11-S y exaltaciones de violencia propias de la era rebelde anti-Jack Thompson. Todo ello soterrado, cómo no, por nuestra etapa actual, caracterizada por el surgimiento de lo Indie como categoría y por el intento de las empresas dominantes en capitalizar ese sector.

Y es que si hay algo que se puede constatar después de todos estos años es que el E3 es un monstruo astuto. Ha sobrevivido a momentos de incertidumbre, a polémicas internas, a la crisis económica e incluso a sucesos políticos. Ha pasado por las presidencias de Clinton, Bush y Obama sin pestañear, y ha mutado de un evento dirigido exclusivamente a miembros de la industria a uno abierto al público. Y, ahora, ha conseguido la suficiente legitimidad como para contar con su propio bufón, su versión extrema y paródica que, sin perturbar el orden, se convierte en el perfecto reflejo irónico al que tantas instituciones e individuos recurren para evitar críticas más profundas.

Francamente, si tuviera que compararse con algo, el E3 se parece más a Eurovisión que a cualquier otro evento de su calibre, y no lo digo únicamente por el carácter chic que impregna a toda la exposición. Si el concurso musical ha conseguido abrazar por fin su artificiosidad y convertirla en su punto fuerte, el E3 siempre podrá vestirse de seda cuanto quiera, pero nunca podrá evitar ser aquel momento en que hombres de negocios han de abandonar sus cómodos escritorios y convertirse, por un fin de semana, en los vendemotos que siempre han sido. Ahí está la cúpula de Electronic Arts, vendiendo los productos de sus sufridos y explotados trabajadores, tratando por todos los medios de hacernos olvidar los escarceos de la compañía con herramientas de manipulación; ahí está Microsoft, poderosa y eterna Microsoft, apañándoselas para parecer novata incluso después de todo este tiempo en el negocio; ahí está Sony, veterana en este tipo de cosas, exhibiendo viejas glorias y dominando la situación con siniestra destreza; ahí está Nintendo, aún más veterana, con un Reggie más dominante que nunca. Ahí está Kojima, igual que siempre, prometiendo mucho sin decir nada; y ahí está Devolver, la joven rebelde que, si no sabe que ahora es parte del juego, lo sabrá dentro de poco. Y no podemos olvidarnos de todos los streamings, liveblogs y documentales que rodean al evento, cada uno amplificando y legitimando a su retorcida manera. Y yo también, en este pequeño rincón, pongo mi parte, porque si hay algo que hemos aprendido es que nadie se libra en este mundo de contribuir.

En medio de tanta presentación exagerada, aclamaciones deshonestas o ambiguas, y medios de prensa excitados, la auténtica experiencia videojueguil (y, en muchos casos, la experiencia de vivir de la electrónica de consumo) queda más representada que nunca en estas fechas. Y, de un modo casi cruel, se convierte en la versión más exagerada de nosotros mismos. Mientras los jugadores vitorean el holocausto nuclear prometido por Fallout 76 y las historias de amor sugeridas por The Last of Us 2 y Assassin’s Creed: Odyssey, juegos atractivos e interesantes como Unravel 2, Ghosts of Tsushima, Neo Cab e incluso Concrete Genie quedan expuestos de tal forma que el único calificativo que les hace justicia ahora es el de Triple I. Concrete Genie es, de hecho, una metáfora perfecta para el tipo de presentaciones que suelen dedicar a estos juegos: igual que aquél juego pretende evocar las consecuencias del abuso escolar mediante una bonita pero torpona metáfora, estos juegos acaban adquiriendo, bajo los focos del E3, rasgos de pantomima.

Y tal vez esa sea la esencia del E3, la de reflejar las pretensiones y aspiraciones del medio y, de un modo sarcástico, devolvérnoslas en formas grotescas. No hace que el evento resulte más fácil de digerir con los años. Las listas de momentos chirriantes se agolpan con los años y se convierten en parte del folklore mientras las empresas siguen adaptándose con destreza a las demandas del público, y entre el tráiler de God of War 3 y The Last of Us 2, esa adaptación se convierte en el elemento más reconocible. Y la lección que saco de todo esto, es que no importan las crisis, ni las polémicas, y ni siquiera el clima político; a la larga, el negocio se las apaña para seguir adelante.

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